El Espíritu conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios. // 1 Corintios 2, 10-11
“Dame la mano, por favor.”
“No, mamá, puedo hacerlo sola. Ya verás, no te preocupes.”
Desde que era una niña muy pequeña, he estado muy determinada a ser independiente y hacer las cosas a mi manera.
Entonces, con toda la confianza del mundo en mí misma, nada más dar el primer paso, me caí e hice la croqueta por la escalera.
Mi madre me levantó del suelo, y se puso a cuidarme las pupas que me hice por mi propia testarudez, aun cuando me había advertido y me había pedido cogerla de la mano, y cuya autoridad debería haber obedecido.
Ah, la autoridad. Casi nos puede sonar como una palabra fea hoy en día. Como algo restrictivo o limitante, como si la obediencia a la autoridad se tradujese en poner en peligro nuestra propia libertad. A lo mejor es porque hemos perdido la esperanza en muchas de las figuras de autoridad en nuestra sociedad por sus actos de corrupción y falta de amor.
Jesús, en el Evangelio de hoy, se pone a enseñar en la sinagoga. Y “todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad” (Lucas 4, 31). Pero Jesús va un paso más: Más allá de solo palabras, la Palabra hecha carne actúa.
En su poder, echa el espíritu inmundo del hombre, e incluso el demonio lo reconoce como el Santo de Dios y lo obedece (vea Lucas 4, 34-35). Lo libera, dejando a la gente maravillada. “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen” (Lucas 4, 36).
Esta es la verdadera autoridad. El Rey y Creador del universo, a quien mares y cielos obedecen, pronuncia algo y es. Siendo así, podría haber creado meros sujetos, pero por puro amor, nos adopta como hijos e hijas suyas. Y el verdadero amor nunca fuerza, sino que deja libre.
Y cuando desobedecemos, no nos abandona. Con la autoridad de un Padre que nos ama inmensamente, nos perdona y levanta. El salmo de hoy nos lo recuerda: “El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente” (Salmo 144, 8-9) Hermanas, esa sí es una autoridad en la que podemos confiar nuestras vidas.
Padre, ayúdanos a reconocer Tu autoridad como un don de Tu amor. Concédenos la obediencia y aumenta nuestra fe. Cuando caigamos y queramos ser dios de nuestra propia vida, haznos dóciles a Tu voluntad, pues Tú nos amas y nos conoces profundamente. Amén.
// Ashleigh Ladner es hermana, amiga, madrina, tía, traductora y profesora, y sobre todo, hija amada de Dios. Originalmente de New Orleans, Louisiana, actualmente está viviendo en Madrid, España. Le encanta viajar y conocer lugares nuevos, leer, un buen expreso, y los girasoles. Sus modelos a seguir en la vida son santa María Magdalena, san Ignacio de Loyola, san Juan, y santa Teresa de Jesús.