«Crea en mí, Señor, un corazón puro». // Salmo 50, 12
Durante años, con mi familia, hubo una pregunta que repetíamos con frecuencia: ¿Cómo está tu corazón? Era nuestra manera de detenernos y mirar dónde lo teníamos puesto y qué estaba ocupando el lugar que le correspondía a Jesús.
Con los trajines de la vida, si soy sincera, ya no nos la preguntamos tanto. Y hoy, al volver a hacérmela, mi respuesta es sencilla: mi corazón está alborotado. Está lleno de planes, de deseos, de cosas buenas que quiero tener medidas y bajo control. Quiero confiar en Dios, pero muchas veces me descubro intentando tenerlo todo resuelto por mis propias fuerzas.
Hay una parte del Evangelio de hoy que me remueve especialmente: la de aquel hombre que había aceptado la invitación al banquete, pero que, cuando el rey se acercó y le preguntó por qué había entrado sin traje de fiesta, se quedó callado (vea Mateo 22, 11-12).
No sé por qué no llevaba el traje ni qué habría pasado si hubiera respondido. Pero no podía dejar de pensar en su silencio. ¿Por qué no le dijo nada?
Pienso: Señor, yo quisiera responderte. Decirte que siento no haber venido preparada, darte las gracias por haberme invitado, decirte que quiero estar contigo. Que este es el corazón con el que he llegado y preguntarte: ¿qué puedo hacer para arreglarlo?
Y entonces me doy cuenta.
Otra vez quiero arreglarlo yo.
Quiero tener bajo control mis planes, mis deseos, lo que viene mañana… y hasta mi propio corazón.
Pero entonces vuelvo a la primera lectura y encuentro Tu respuesta: «Les daré un corazón nuevo» (Ezekiel 36,26).
Eres Tú.
Tú eres quien me da un corazón nuevo. Tú eres quien puede arrancar el corazón de piedra y darme un corazón de carne. Yo no tengo que llegar ante Ti con el corazón ya arreglado. Mi parte es reconocer cómo está, entregártelo y dejarte actuar.
Qué descanso descubrir que tampoco esto tengo que hacerlo sola.
Hoy vuelvo a hacerme aquella pregunta de tantos años: ¿Cómo está mi corazón? Y sea cual sea la respuesta, quiero entregártelo, Jesús, y pedirte: «Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Salmo 50:12).
Hermana, quizá hoy tú también puedas detenerte y preguntarte: ¿Cómo está mi corazón? Sea cual sea tu respuesta, entrégaselo a Jesús. No tienes que arreglarlo antes de acercarte a Él.
Es Él quien puede hacerlo nuevo.
// Arianna Santamaría es de Guayaquil, Ecuador, y vive en Madrid, España junto a su esposo. Aunque creció en una familia mariana y participó desde pequeña en misiones familiares, fue en la Universidad de Miami donde vivió un encuentro más profundo con Dios, gracias a una comunidad católica auténtica, al rosario y al ministerio de llevar la Eucaristía a personas mayores. Hoy, mientras se adapta a una nueva ciudad, a su trabajo en el sector tecnológico y a su vocación de esposa, busca maneras de compartir su fe también en el mundo digital. Le encanta caminar por el parque de El Retiro con su esposo, hacer pilates, viajar y disfrutar en familia. Sus modelos de santidad son los santos esposos José y María y Luis y Celia Martin.