“Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor el día de la manifestación de Cristo.” // 1 Pedro 1, 6-7
Hubo un momento en que me encontraba sumida en un dolor terrible y mi director espiritual me sugirió que leyera Una misericordia severa, que trata sobre la pérdida de un ser querido y el acercamiento a Dios en medio de la tragedia. No puedo expresarles cuántas veces quise tirar ese libro por la ventana. Sé que estamos en la temporada de Pascua y cerca de una de mis fiestas favoritas del año, el Domingo de la Divina Misericordia, entonces, ¿por qué la tristeza? Porque la Pascua y, en particular, confiar en la misericordia de Dios es la única perspectiva que da sentido al sufrimiento.
Mi definición favorita de misericordia proviene de un sacerdote que dijo que la misericordia es amor cuando se encuentra con la debilidad, la fragilidad y el pecado. En mi mente, mientras pronunciaba esas palabras, imaginé una luz blanca de amor que emanaba del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando esa luz tocó mi debilidad, mi quebrantamiento y mi pecado, se transformó en un torrente rojo de misericordia. Esta imagen me recuerda constantemente que el Señor no se aleja de esas partes de nosotros, sino que las enfrenta directamente. Y más aún, su Resurrección nos permite, a través de Él, alcanzar la victoria sobre todas esas cosas, ya sea en esta vida o en la venidera.
Hermanas, este es un día gozoso y maravilloso. Su misericordia viene a nuestro encuentro. Nos muestra sus heridas y, como solo Él puede hacerlo, cuando le mostramos las nuestras, las sana. Esas heridas, al igual que las suyas, algún día podrán servir de testimonio para la gloria de Dios Padre.
Jesús, confío en ti. Hoy te presento toda mi debilidad, mi quebrantamiento y mi pecado. Haz tu voluntad en mi vida, hazme nueva y luego usa estas heridas como testimonio de tu gloriosa Resurrección. Amén.
// Christy Vaissade creció en Brooklyn, Nueva York, hija de padres inmigrantes de la República Dominicana. Ha sido el deseo personal de Christy traer a otros a conocer la misericordia y el amor de Dios que ha cambiado y está cambiando su vida desde la joven edad de trece años. Christy es maestra de teología de secundaria, catequista, y cantora en su parroquia local. Ella y su esposo, Michael, viven en Nueva Jersey con su cachorro Pembroke Welsh Corgi, Daisy. Le encanta cocinar, ir al gimnasio, y pasar tiempo con sus sobrinos y ahijados.