Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la madre de Jesús. // Hechos de los Apóstoles 1, 14
Sin importar con cuál de mis abuelos estuviera, sabía con certeza que la noche incluiría el rosario. De niña, aunque amaba a la Virgen María, el rosario me parecía una oración interminable. En aquel entonces, no comprendía realmente por qué debíamos hacerlo. Sabía que no todas las familias católicas lo hacían. ¿Por qué la mía tenía que ser tan intensa al respecto?
Ahora, ya adulta, se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en la constancia y la belleza de escuchar a mis abuelas rezar. Aún recuerdo el sonido de sus voces y me invade la gratitud por cada Avemaría que compartí con ellas, ya fuera en una habitación pequeña y abarrotada de Brooklyn o en la hacienda, entre las colinas de la República Dominicana. Pero es algo más que nostalgia familiar. Entonces no podía comprender la sabiduría que mis abuelos poseían: que el rosario mantenía a nuestra familia unida. No solo por el hecho de reunirnos en un mismo lugar para rezar, sino por las gracias que Dios derrama a través de esta poderosa oración.
Hace poco recordé que el Padre Pío se refería al rosario como «el arma». Como personas —y especialmente cuando somos niñas— deseamos ver resultados inmediatos; sin embargo, con muchas oraciones, y en particular con el rosario, los frutos a veces resultan imperceptibles... hasta que un día te detienes, reflexionas y te das cuenta de todo lo que Dios ha hecho contigo. Cada vez que rezamos el rosario, somos como los apóstoles en el cenáculo, rezando junto a Nuestra Señora.
Hermanas, en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, armémonos —a nosotras mismas y a nuestras familias— con esta poderosa arma. Aunque lo hagamos con distracciones, a ratos o con sueño, no dejemos pasar este hermoso regalo.
¡Nuestra Señora del Rosario, ruega por nosotras!
// Christy Vaissade creció en Brooklyn, Nueva York, hija de padres inmigrantes de la República Dominicana. Ha sido el deseo personal de Christy traer a otros a conocer la misericordia y el amor de Dios que ha cambiado y está cambiando su vida desde la joven edad de trece años. Christy es maestra de teología de secundaria, catequista, y cantora en su parroquia local. Ella y su esposo, Michael, viven en Nueva Jersey con su cachorro Pembroke Welsh Corgi, Daisy. Le encanta cocinar, ir al gimnasio, y pasar tiempo con sus sobrinos y ahijados.