"Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio." // Mateo 11, 28
Todavía recuerdo el miedo que se apoderó de mi corazón mientras mi mente se llenaba de preguntas: ¿Dónde está mi mamá? ¿Cómo la encontraré? ¿Qué será de mí? Aunque el momento en que perdí a mi mamá en la tienda se resolvió rápidamente, esperar a reunirme con ella me pareció una eternidad. Me preguntaba por qué mi mamá me había abandonado. Sin embargo, había sido yo quien se había alejado, no mi mamá. Las dos sentimos un gran alivio al reencontrarnos.
Sin embargo, seguiría siendo una persona que se alejaba. Supongo que, en cierto nivel, sabía que Jesús siempre estaría allí, pero durante la adolescencia y la juventud llevé los límites al extremo, poniendo a prueba las reglas de mis padres. Cuestioné las "reglas" de la Iglesia, que ahora entiendo como enseñanzas que debemos abrazar como camino hacia el Cielo. Cuando me convertí en madre, empecé a cuestionar lo que mis padres me habían enseñado durante tantos años. Necesitaba comprenderlo por mí misma.
Con un pie fuera de la Iglesia y sintiéndome bastante miserable, decidí que necesitaba un plan para retomar el rumbo y recuperar mi bienestar. Hice una pequeña lista de cosas que podía poner en práctica para cuidar mejor de mi salud mental y física. Incluía cosas típicas: comer más sano, hacer ejercicio y dormir mejor. Compartí la lista con mi esposo, quien la tomó en silencio y añadió: "Eucaristía".
La respuesta amable de mi esposo me recordó discretamente que lo que más necesitaba era la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Fue un momento que me hizo reflexionar profundamente. En aquel entonces, no me daba cuenta de que aquello formaba parte de mi camino de regreso a Jesús, plenamente en comunión con Su Iglesia. Jesús, como en la parábola del Evangelio de hoy, salió a buscarme, a mí, Su oveja perdida. Y lo hizo por medio de la invitación de mi esposo.
Hermana, Jesús nunca deja de salir a nuestro encuentro. Como somos imago Dei, creadas a imagen de Dios, tenemos un valor y una dignidad inherentes. Él, en Su amor insondable por nosotras, nunca nos dejará ir. Nuestro Buen Pastor buscará incansablemente nuestros corazones y todo el Cielo se alegrará cuando regresemos a Él (véase Lucas 15, 10).
Te invito a reflexionar: ¿Te has sentido lejos del Señor en esta etapa de tu vida? Reza: "Jesús, Buen Pastor, ven a buscarme".
// Jennifer Smarsh es esposa y madre de cinco hijas. Ella y su esposo, Dave, viven en Virginia con sus dos hijas menores. Les encanta pasar tiempo con sus hijas, sus yernos y sus seis nietos. A Jennifer siempre le han gustado el buen café, los buenos libros y los paseos matutinos con Jesús. Ha educado a sus hijos en casa durante casi treinta años y siempre ha sentido un especial deseo de animar a otras madres que educan a sus hijos en el hogar.