“Cuando el hombre que guarda rencor pide a Dios el perdón de sus pecados, ¿hallará quien interceda por él? Piensa en tu fin y deja de odiar…” (Sirácida 28, 4-5)
Hace diez años llegué a la casa de misión en un desierto de Etiopía. Ahí aprendí bastante sobre la evangelización al estilo de Madre Teresa y San Francisco—predicar por medio de acciones más que con palabras. Pero, tras varias heridas y choques entre los voluntarios y el líder de nuestra misión, nos enfrentamos con una realidad—a veces es más fácil predicar que vivir como nos pide la buena nueva de Cristo. Es más fácil amar a los que están fuera de nuestros hogares que a los que están en nuestro entorno más íntimo.
Cuando decidí dejar la misión por esta razón, llevé conmigo mucho rencor contra este líder. Las heridas me impedían perdonarlo en ese momento pero sabía que debía hacerlo. No tenía que tener contacto con él ni buscar reconciliación, pero de mi parte, desamarrar ese rencor contra él era esencial. Aunque este hombre había manchado mi perspectiva de las misiones y el rol del líder, Jesús me llamaba a perdonar, sanar, y rezar por él.
La primera lectura y el Evangelio de hoy transmiten la radicalidad del llamado cristiano. Es uno de doble filo—aceptar el perdón y la misericordia de Dios y a la vez aprender a extender esa misma misericordia y perdón a los demás. No es nada fácil pero es el reto de nuestra identidad como hijas de un Dios que sabe perdonar lo imperdonable.
Cuando pensamos en nuestro fin (ver Sirácida 28,5)—estar con Dios por toda la eternidad—y que Jesús nos dice que hay que perdonar a los demás de corazón para entrar en ese reino eterno, así como Él nos perdona (ver Mateo 18,35), entonces ahí encuentro mi motivación para asumir este reto.
Hermana, aunque ahora quizás se siente imposible perdonar a esa persona o grupo que te ha herido, piensa en tu fin. Pon tus ojos fijos en Cristo crucificado, lleno de misericordia por ti, y pídele la gracia de sanar y perdonar. Reza con Él, “Padre perdónalos por que no saben lo que hacen” (ver Lucas 23, 34).
// Rocío Hermes es mamá y ama de casa. Ella nació en la República Dominicana y fue criada en los Estados Unidos. Le apasiona construir comunidad, preparar postres y escribir poesía. Tiene una maestría en Teología y ha vivido como misionera en Etiopía. Después de vivir más de tres años en Alemania, reside ahora en Israel con su esposo alemán y su hijo. Colabora como autora en Blessed Conversations: Dwell. Puedes leer sus reflexiones sobre la vida de fe en graceandmercyblog.com.