LECTURAS DE HOY 

«Por eso, cuando estaba entre ustedes, les repetía una y otra vez: “El que no quiera trabajar, que no coma”» (2 Tesalonicenses 3, 10).

Recuerdo que, durante mis años de universidad, me enseñaron que el mundo sería mejor y más justo si recibiéramos todo lo necesario para sobrevivir. Esto chocaba con lo que había aprendido en la escuela secundaria católica: si eso fuera cierto, ¿por qué un Dios amoroso habría condenado a Adán al trabajo duro? Aunque mantenía una relación viva con Dios, estas dos visiones del mundo libraban una batalla en mi interior que no encontraría respuesta hasta años más tarde.

Unos diez años después, durante un estudio bíblico, un reconocido profesor católico explicó cómo, tras la caída, la llamada de Adán al trabajo y la de Eva a dar a luz eran un medio para que ambos volvieran al amor que habían rechazado por egoísmo. Más adelante, al descubrir cómo san Josemaría Escrivá hablaba tan bellamente de la capacidad del trabajo para santificarnos, fui comprendiendo poco a poco que el trabajo es algo hermoso: es una de las formas en que cooperamos con la propia creatividad de Dios.

Por lo general, y a menudo por instinto de supervivencia, ya que, de tener la oportunidad, cedería a la pereza, el trabajo nos permite salir de nosotros mismos y hacer algo por el mundo. Visto así, tiene sentido que un Dios amoroso llame a la humanidad a trabajar. Es algo propio de un Padre amoroso, un Padre que conoce a sus hijos mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos.

Hermanas, en este camino de fe habrá momentos en que la cultura y la fe parezcan chocar en sus visiones del mundo. Cuando esto ocurra y surjan las dudas, acudamos a Dios no con cinismo ni recelo, sino con confianza. Puede que pasen años hasta hallar las respuestas, pero pidamos la gracia de «permanecer en la barca» mientras luchamos con esas inquietudes.

Recemos juntas: 

Padre, cuando me sienta confundida y no comprenda tu Palabra, ayúdame a acercarme a ti y a la Iglesia con curiosidad y confianza. Aparta de mi corazón cualquier tendencia al orgullo o a la desconfianza hacia Ti. Amén.

// Christy Vaissade creció en Brooklyn, Nueva York, hija de padres inmigrantes de la República Dominicana. Ha sido el deseo personal de Christy traer a otros a conocer la misericordia y el amor de Dios que ha cambiado y está cambiando su vida desde la joven edad de trece años. Christy es maestra de teología de secundaria, catequista, y cantora en su parroquia local. Ella y su esposo, Michael, viven en Nueva Jersey con su cachorro Pembroke Welsh Corgi, Daisy. Le encanta cocinar, ir al gimnasio, y pasar tiempo con sus sobrinos y ahijados. 

 

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