LECTURAS DE HOY 

Pero gracias a Dios, ustedes, aunque fueron esclavos del pecado, han obedecido de corazón las normas de la doctrina evangélica que se les han transmitido, y así, una vez libres del pecado, se han hecho esclavos de la santidad.” // Romanos 6, 17-18

Conozco a varias mujeres buenas, trabajadoras, que han dejado sus países para ir a lugares extranjeros donde reciben pagos muy bajos por mucho trabajo. He llegado a decirles que están trabajando como esclavas sin tiempo para descansar. Usualmente ellas responden que hacen lo que hacen por amor a la familia. Aunque sigo en desacuerdo con ellas sobre quedarse en esas situaciones de abuso laboral, entiendo mejor pasajes de las escrituras como el de hoy que habla de ser “esclavos de la santidad” (Romanos 6, 18). 

Estamos llamadas, hermanas, a ser esclavas de la voluntad de Dios–sé que es una frase muy fuerte para nuestro oído moderno. Nos ponemos a la defensiva porque sentimos que podemos encontrarnos en una situación como la que he mencionado donde se aprovechan de nosotras y terminamos víctimas de la injusticia. La gran diferencia es que nuestro buen Dios no es injusto, no es un amo que abusa de sus trabajadores. Nuestro Dios nos da la mejor recompensa–Él mismo–cuando nos esforzamos a hacer su voluntad. 

El hacer la voluntad del Padre se parece a la vida de un esclavo o trabajador en que requiere esfuerzo y atención día y noche. No podemos descansar cuando hablamos de hacer la voluntad de Dios. Es decir, no podemos decir simplemente, hoy no quiero hacer lo correcto, lo que se que le agrada a Dios, porque estoy cansada. Tenemos que mantenernos fieles y prudentes como los siervos del Evangelio que conocen la voluntad de su amo y la ponen en práctica (véase Lucas 12, 43-44). No nos podemos cansar de hacer el bien, de luchar contra el pecado, de ofrecer nuestros miembros al servicio de Dios como “instrumentos de santidad” (Romanos 6, 13).

Pienso que el santo que celebramos en el día de hoy nos da un ejemplo de cómo esforzarnos a vivir de una manera totalmente dada a Dios y al prójimo en el servicio de santidad y amor–Juan Pablo II. Él nos recuerda que la vocación de cada cristiano es ser santos

Nos invita a preguntarnos, “¿Qué he hecho de mi bautismo y confirmación? ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mi vida? La oración, ¿encuentra espacio en mi día? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión?” (Homilía del Santo Padre Juan Pablo II, 2003) 

Hermana, luchemos para responder a estas preguntas con un gran sí. 

// Rocío Hermes es mamá y ama de casa. Ella nació en la República Dominicana y fue criada en los Estados Unidos. Le apasiona construir comunidad, preparar postres y escribir poesía. Tiene una maestría en Teología y ha vivido como misionera en Etiopía. Después de vivir más de tres años en Alemania, reside ahora en Israel con su esposo alemán y su hijo. Colabora como autora en Blessed Conversations: Dwell. Puedes leer sus reflexiones sobre la vida de fe en graceandmercyblog.com.

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