“El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.” // Juan 14, 17
Antes de empezar a escribir esta reflexión, hice algo muy sencillo: me puse en manos de Dios. Sabía que iba a escribir, pero todavía no había leído las lecturas del día. Y, en ese momento, sentí en el corazón el deseo de invocar al Espíritu Santo.
Casi sin darme cuenta, recordé una canción que mi papá nos cantaba cuando éramos pequeños, antes de dormir: “Espíritu Santo, ven, ven…”. La busqué en Spotify y empecé a cantarla. Fue un momento muy sencillo, pero muy profundo. Como si algo dentro de mí se fuera colocando en su sitio.
Y lo más impresionante vino después.
Cuando leí las lecturas del día, todo hablaba del Espíritu Santo.
No había sido casualidad. Él ya estaba ahí, moviendo el corazón antes incluso de que yo fuera consciente. Preparando este momento.
Y entonces entendí algo que me llenó de paz: yo no soy la que escribe esto.
Soy sólo un instrumento. Con mis flaquezas, con lo impulsiva que puedo ser, con todo lo humano que hay en mí… aun así, Él viene y actúa. Él habla.
Pero cuántas veces me olvido.
Cuántas veces reacciono rápido, hablo desde el orgullo o no sé acoger lo que el otro me dice. Y es justo ahí donde más necesito volver a Él. En lo cotidiano. En una conversación importante. En un momento en el que podría dejarme llevar… o detenerme y pedir: “Espíritu Santo, ven”.
Porque cuando Él entra, algo cambia. Hay más luz. Más paz. Más verdad.
Hoy quiero vivir más consciente de Su presencia. Más abierta a dejarme guiar, incluso en lo pequeño, incluso en lo cotidiano.
Y todo empieza así, con una oración sencilla, casi como la de una niña, que las invito a rezar conmigo:
Espírito Santo, ven, ven… Acompáñame, ilumíname, guíame. Amén.
// Arianna Santamaría es de Guayaquil, Ecuador, y vive en Madrid, España junto a su esposo. Aunque creció en una familia mariana y participó desde pequeña en misiones familiares, fue en la Universidad de Miami donde vivió un encuentro más profundo con Dios, gracias a una comunidad católica auténtica, al rosario y al ministerio de llevar la Eucaristía a personas mayores. Hoy, mientras se adapta a una nueva ciudad, a su trabajo en el sector tecnológico y a su vocación de esposa, busca maneras de compartir su fe también en el mundo digital. Le encanta caminar por el parque de El Retiro con su esposo, hacer pilates, viajar y disfrutar en familia. Sus modelos de santidad son los santos esposos José y María y Luis y Celia Martin.