“Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.” // Juan 12,7
Estamos empezando la Semana Santa, una de las semanas más profundas e incómodas del año para mí. La incomodidad no viene de nada más ni nada menos que de la profunda vulnerabilidad de Jesús.
Según la RAE, la palabra “vulnerabilidad” viene de vulnus (herida) y habilitas (habilidad). Es decir, es la habilidad de ser herido. En un mundo que se protege constantemente de lo incómodo, del sufrimiento y del riesgo, Jesús hace justo lo opuesto. En la primera lectura de hoy (Isaías 42, 1-7), el profeta Isaías dice: “No gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles”. No se defiende ni pelea; da acceso directo a su corazón. En el Evangelio vemos cómo cenaba junto a Judas, quien tenía el corazón lleno de maldad, y aun así lo mantiene cerca. El corazón de Judas no cambia, pero Jesús igual lo ama y se deja herir por él.
Hermana, Él hace lo mismo con nosotras. Él nos deja herirlo para que tengamos intimidad divina. Porque ser vulnerable significa no tener defensas. La diferencia es que Él no te va a lastimar. La vulnerabilidad que Jesús ofrece nos permite recibir un amor que trae vida después de la muerte. La puerta a nuestro corazón es la vulnerabilidad. No podemos recibir si no somos vulnerables, como Él lo es. En lugar de usar esa apertura contra nosotras, Él la usa para cambiar vidas, hacer milagros y salvar nuestras almas. Por eso dicen que una de las cosas más grandes que hace María es dejarse amar por Jesús.
Hermana, esta semana, quizás hoy mismo, te invito a abrir el corazón completamente a Él. A ser vulnerable con Aquel que nos ama hasta el punto de la muerte… y la resurrección.
// Joanna Valencia nació en Venezuela y se crió en Miami donde aprendió a hablar “fluent Spanglish”. Conoció a sus dos mejores amigas, Santa Teresita de Jesús y Santa Faustina, durante una misión en Haití y desde ese entonces su vida cambió. En el 2023 renunció a su trabajo para servir como misionera católica en la Isla de Santos y de los Sabios.