“Señor, ten compasión de mí, que soy pecador”. // Lucas 18:13
A veces me descubro rezando como el fariseo. No lo hago con mala intención, pero mi corazón se llena de comparaciones: “Yo sí trato”, “Yo no soy como los demás”, “Yo cumplo”. Y en ese momento, sin querer, dejo de mirar al Señor… y empiezo a mirarme a mí misma.
Jesús cuenta esta parábola para tocar ese punto tan sensible del alma: la tentación de creer que la gracia se gana. Pero la gracia no se gana, se recibe. No depende de lo mucho que hago, sino de cuánto dejo que Él me ame.
El fariseo rezaba una lista de méritos; el publicano sólo decía una frase: “Señor, ten compasión de mí, que soy pecador”. Y ahí está toda la diferencia. Uno hablaba de sí mismo; el otro hablaba con Dios.
Cuántas veces nos pasa igual. Nos cuesta reconocer nuestra pobreza, mostrarle al Señor nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras sombras. Pero justo ahí, donde más vergüenza sentimos, Él quiere encontrarse con nosotras. Porque sólo el corazón que se sabe necesitado puede ser abrazado de verdad.
Hermana, Jesús no busca corazones perfectos, sino corazones sinceros. No espera que lleguemos al templo con la frente en alto, sino con el alma y el corazón abiertos. La humildad no es rebajarnos: es vivir en la verdad. Y la verdad es que todos necesitamos misericordia. Todos necesitamos de Él.
Hoy quiero orar como el publicano. Sin máscaras, sin títulos, sin apariencias, y sin expectativas. Sólo con la verdad de lo que soy y la confianza de saber que su amor es más grande que mi pecado. Su amor es suficiente.
“Señor, ten compasión de mí, que soy pecador.”
Y si en esa oración sencilla está mi encuentro contigo, Señor, entonces ya lo tengo todo.
// Ashley Diaz es estudiante, amiga, hermana y amada de Jesús. Ha sido católica toda su vida pero hizo suya su fe después de experimentar a Cristo en la Eucaristía a los 16 años. Actualmente está en la escuela terminando su licenciatura en Teología en la Universidad Franciscana. ¡Ella ha trabajado en la vida parroquial desde hace 5 años y le encanta servir a los corazones de la gente de Dios! Su misión en la vida es: Ver plenamente un alma y amarla plenamente después. Puedes encontrarla pasando tiempo con sus amigos, leyendo un buen libro, o en la capilla contemplando el corazón eucarístico del Señor.