LECTURAS DE HOY 

“Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Todas se quedaron extrañadas.” // Lucas 1, 63

Me acuerdo cuando tenía ya varios meses de embarazo y mi barriga no se podía negar. Iba caminando cerca de nuestra casa en Berlín y me paré a conversar con una vecina. Ella me preguntó sobre mi embarazo y llegamos al tema de nombres. Le dije que mi hijo se llamaría Josef (escrito en estilo antiguo en Alemania). Me miró con disgusto y trató de convencerme de que no era un nombre lindo—era muy antiguo, en sus ojos. Me contó sobre su propio nombre y cuánto lo había rechazado cuando era niña en la escuela, hasta que creció y pudo cambiarlo.

En el Evangelio de hoy, en esta solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, podemos ver claramente la importancia del nombre que nos dan nuestros padres. Cada persona es un regalo de Dios, sin negar las circunstancias a veces muy alejadas de Dios en las que fueron concebidas. La persona humana es una maravilla, un prodigio (cf. Salmo 139, 14), a quien Dios ama y llama a conocerlo y cumplir una misión.

Nuestro nombre muchas veces está conectado con esa misión. Así como Juan, cuyo nombre quiere decir “Dios es misericordioso” (fuente), tuvo una misión conectada con su nombre. En vez de ser nombrado como su padre, siendo el único hijo nacido de Isabel y Zacarías, le dieron el nombre Juan, como había pedido el ángel Gabriel (cf. Lucas 1, 13).

Celebramos hoy el nacimiento de quien, con su vida, fue anunciando al pueblo de Israel la misericordia de Dios, la venida del Mesías, y la necesidad de prepararse para recibir esa misericordia por medio del bautismo de arrepentimiento.

¿Y qué de nuestro nombre y nuestra misión? Quizás nunca hemos pensado en eso o no sabemos el significado de nuestro nombre. O quizás, como mi vecina, no nos gusta el nombre que eligieron nuestros padres.

Pero hoy, como mujeres amadas por Dios, podemos recordar algo profundo: no solo tenemos un nombre, sino que somos llamadas por nombre por Aquel que nos creó. Él nos conoce personalmente, y su voz nos devuelve la verdad de quienes somos.

Pidámosle a nuestro buen Dios que nos revele nuestro nombre una vez más—como Él nos ve y nos llama—y así profundizar en el conocimiento de nuestra misión concreta en este mundo. Hoy podemos tomar tiempo con el Señor y pedirle que nos ayude a ver la conexión entre nuestra identidad y nuestro llamado.

// Rocío Hermes es mamá y ama de casa. Ella nació en la República Dominicana y fue criada en los Estados Unidos. Le apasiona construir comunidad, preparar postres y escribir poesía. Tiene una maestría en Teología y ha vivido como misionera en Etiopía. Después de vivir más de tres años en Alemania, reside ahora en Israel con su esposo alemán y su hijo. Colabora como autora en Blessed Conversations: Dwell. Puedes leer sus reflexiones sobre la vida de fe en graceandmercyblog.com.

 

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