“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. // Mateo 4:4
Hermana, no sé cómo te encuentras al comenzar la cuaresma, pero si te soy sincera, a mí me pesa. Entrar en un tiempo de muerte, de sacrificio, de despojo… no es algo que me salga con facilidad ahora mismo.
Y, aunque suene contradictorio para el momento en el que estamos, el Señor me está invitando a entrar en esta cuaresma con alegría. Sí, lo has leído bien: alegría.
El Señor nos está llamando a entrar en este tiempo de desierto, en un tiempo de pruebas y de morir a nosotras mismas con los sacrificios que conlleva, pero sobre todo en un tiempo de amor. Un tiempo a solas con Él. Un tiempo para volver a Él con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma.
Un tiempo de alegría para reconocer que todo es gracia. Que no puedo darme a mí misma la fe ni la santidad. Todo es don. Y por puro amor de Dios se me concede como un regalo. No porque rece mucho, ni porque dé mucha limosna, ni por la cantidad de cosas que haga. Yo soy una criatura pequeña, y mi Padre celestial me ama, me cuida y me da todo lo que necesito.
El Evangelio de hoy nos lleva al desierto. Jesús es conducido por el Espíritu y allí es tentado. Cuando el diablo le tienta a convertir las piedras en pan en medio del hambre, Jesús responde: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Cuando le pide que se tire del templo para que Dios lo salve, contesta: «No tentarás al Señor, tu Dios». Y cuando le ofrece poder y gloria, Jesús afirma: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás» (Mateo 4,1-10).
En esas respuestas encuentro también las mías. Cuando busco seguridades inmediatas, Él me recuerda que necesito su Palabra. Cuando quiero pruebas y garantías, me invita a confiar. Cuando me atraen el reconocimiento y el control, me invita a experimentar que sólo Dios me da la vida.
No me invita a la oración porque yo sea muy buena cumpliendo, sino porque necesito beber de su Palabra como del agua. No me llama a dar limosna porque los pobres necesiten simplemente mi dinero, sino porque necesito desprenderme y recordar que la vida no me la da lo que tengo, sino Él.
Entonces ahora, hermanas, el Señor nos regala este tiempo para acercarnos a Él. Para entrar, con alegría y con un corazón humilde, en el sufrimiento de Jesús. Que Él está caminando a nuestro lado, dándonos la gracia para coger nuestra cruz y amándonos en todo momento.
Porque si morimos con Él, tenemos la esperanza de resucitar con Él en la Pascua.
// Ashleigh Ladner es hermana, amiga, madrina, tía, traductora y profesora, y sobre todo, hija amada de Dios. Originalmente de New Orleans, Louisiana, actualmente está viviendo en Madrid, España. Le encanta viajar y conocer lugares nuevos, leer, un buen expreso, y los girasoles. Sus modelos a seguir en la vida son santa María Magdalena, san Ignacio de Loyola, san Juan, y santa Teresa de Jesús.