"Llevamos este tesoro en vasijas de barro". // 2 Corintios 4, 7
Cada año me gusta detenerme a rezar con las lecturas del día de mi cumpleaños. Me parece una forma preciosa de comenzar un nuevo año de vida: dejando que sea el Señor quien me preceda.
Este año esperaba unas lecturas más suaves, más fáciles… pero el Señor tenía otros planes.
Al leerlas, vi que me estaba llamando la atención con mucho amor. Me di cuenta de cuántas veces dejo que el cansancio, el tiempo o cosas que parecen más urgentes ocupen el lugar que solo le corresponde a Él.
La primera lectura comienza diciendo que "llevamos este tesoro en vasijas de barro".
Qué verdad tan grande.
Tengo el mayor tesoro que puede tener una persona: Jesús viviendo en mi corazón. Y, sin embargo, muchas veces soy capaz de no darle la prioridad que merece. Soy capaz de dejar que otras cosas ocupen el lugar que solo le corresponde a Él.
Hoy vuelvo a pedirte perdón, Señor.
Como Santiago y Juan en el Evangelio, yo también muchas veces me acerco a Ti para pedirte cosas. Te digo que quiero seguirte, que quiero estar cerca de Ti, que quiero hacer Tu voluntad… pero, en el fondo, tampoco sé lo que estoy pidiendo. Igual que ellos, muchas veces no comprendo hasta dónde llega ese "sí" que pronuncio delante de Ti.
Porque ese "sí" también pasa por ser fiel cuando cuesta. Pasa por dejar a un lado mis excusas para hacerte un hueco y escuchar lo que quieres decirme.
Y hoy, precisamente el día en que celebro un año más de vida, me doy cuenta de que el mejor regalo no es cumplir años.
El mejor regalo es recordar que mi vida nació de Ti, Jesús. Que fui creada con infinito amor. Que llevo un tesoro dentro de mí. Y que, aunque yo falle muchas veces, Tú nunca dejas de esperarme.
Gracias, Señor, por un año más de vida.
Gracias por seguir llamándome incluso cuando no respondo a la primera.
Y gracias por recordarme, una vez más, que antes de cualquier llamada, antes de cualquier compromiso y antes de cualquier proyecto… estás Tú.
Amén.
// Arianna Santamaría es de Guayaquil, Ecuador, y vive en Madrid, España junto a su esposo. Aunque creció en una familia mariana y participó desde pequeña en misiones familiares, fue en la Universidad de Miami donde vivió un encuentro más profundo con Dios, gracias a una comunidad católica auténtica, al rosario y al ministerio de llevar la Eucaristía a personas mayores. Hoy, mientras se adapta a una nueva ciudad, a su trabajo en el sector tecnológico y a su vocación de esposa, busca maneras de compartir su fe también en el mundo digital. Le encanta caminar por el parque de El Retiro con su esposo, hacer pilates, viajar y disfrutar en familia. Sus modelos de santidad son los santos esposos José y María y Luis y Celia Martin.