LECTURAS DE HOY 

Hay días en los que necesitamos que alguien nos diga que lo estamos haciendo bien. Quizá después de un examen, de un proyecto, de haber cuidado de todos o simplemente de haber conseguido llegar a todo. Y cuando alguien lo reconoce, algo dentro de nosotras respira.

Pero luego llega la noche. Se cierra la puerta. Se apagan las luces. Y ya no hay nadie mirando. Y aparece la pregunta que de verdad importa: ¿quién soy yo cuando nadie me está aplaudiendo?

Es fácil sentirnos valiosas cuando nos reconocen. Lo difícil es seguir haciendo el bien cuando nadie lo ve. Seguir rezando cuando no sentimos nada. Seguir diciendo que sí a Dios cuando su voluntad no coincide con nuestros planes.

En el Evangelio de hoy, una mujer exclama: "¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!" (Lucas 11,27). Y Jesús responde: "Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lucas 11,28). Podría parecer que Jesús está quitándole importancia a María. Pero sucede exactamente lo contrario, nos muestra por qué María es verdaderamente dichosa.

María no es grande solamente porque llevó a Jesús en su vientre. Es grande porque primero acogió la Palabra en su corazón y respondió: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38). Y después de aquel sí, no llegaron los aplausos. Llegaron el silencio, la incertidumbre, la huida a Egipto, los años escondidos en Nazaret y, finalmente, la cruz. María supo permanecer cuando nadie estaba mirando.

Y eso tiene mucho que decirnos hoy. 

Porque vivimos intentando demostrar que somos suficientes, buenas hijas, amigas, profesionales, cristianas… Queremos que se note nuestro esfuerzo. Pero la primera lectura nos recuerda algo todavía más profundo: "Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 26). No somos hijas de Dios porque lo hagamos todo bien. Nuestra identidad no depende de nuestros resultados. María nos enseña a vivir desde ahí, no para ser vistas, sino para ser fieles. A hacer lo que Dios nos pide aunque nadie lo agradezca, a rezar aunque no sintamos nada, a confiar aunque no entendamos.

Hoy, hermana, te propongo hacer una cosa buena que nadie vaya a aplaudirte por hacer. Algo pequeño, escondido, que solo Dios vea. Y cuando lo hagas, dile a María: "Madre, que me baste con que Dios lo vea".

Porque cuando se apagan los aplausos y ya no queda ninguna emoción a la que agarrarse, queda lo esencial: haber escuchado la Palabra y haber dicho que sí, como María.

// Elisa Gómez es una joven mitad española y mitad portuguesa, que ha sido transformada por el amor. Tiene una gran pasión de ayudar a los demás y dedica gran parte de su tiempo al voluntariado. Le fascina la belleza cada atardecer y la música. Al igual que “el amor le explicó todo”, quiere llevar ese amor a todos los que la rodean.

 

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