"Yo te amo con amor eterno, por eso siempre me apiado de ti." // Jeremías 31, 3
Hermana, ¿alguna vez te has sentido identificada con el pueblo de Israel? Yo, la verdad, es que me veo mucho. El Señor me lleva a un desierto en mi vida para llevarme amorosamente adonde me está llamando y para que me acerque más a Él, y yo me pierdo en el sufrimiento del momento y murmuro. Llena de inconsistencia. Un día profeso: «¡Amén! Haré todo lo que el Señor diga», al igual que el pueblo de Israel al recibir los mandamientos. Y, al poco tiempo, de nuevo metiendo la pata y hundida en el pecado.
Y cuando pasa eso, de repente, en vez de tener la humildad de reconocerme pecadora y volver a mi Padre, me vuelvo susceptible a la voz del enemigo, machacándome a mí misma, repitiéndome: «Si se supone que soy buena...», «Otra vez caí en lo mismo», y tantas otras mentiras.
Pero la voz de Dios no acusa. La voz de Dios no te machaca, construye. Y cuando te caes, amorosamente te reconstruye:
«Yo te amo con amor eterno,
por eso siempre me apiado de ti.
Volveré, pues, a construirte
y serás reconstruida.»
(Jer 31, 3-4)
Ojalá pudiéramos tener la fe y la humildad de la mujer del Evangelio de hoy. Iba corriendo detrás de Jesús gritando: «Señor, Hijo de David, ten compasión de mí», sin pedir nada para ella, sino por su hija. La respuesta de Jesús verdaderamente descoloca, y, a lo mejor, yo, en su lugar, me habría dado la vuelta, sintiendo pena de mí misma.
Pero la mujer no se rinde. Le motiva el amor por su hija y deja a un lado su imagen y su orgullo. Expresa que incluso estaría dispuesta a comer «las migajas que caen de la mesa de sus amos» (Mt 15, 27).
¿Y la respuesta de Jesús? «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas» (Mt 15, 28).
Esta forma de actuar de Jesús resulta un absoluto misterio para mí. Pero de una cosa estoy segura: para acoger los dones y gracias que Dios nos quiere dar, es necesario tener un corazón humilde. Es decir, saber quien soy y quién es Dios. Porque al reconocernos pobres mendigas y pecadoras, necesitadas de Dios, Él nos bendice, nos devuelve nuestra identidad y dignidad como hijas de Dios, y nos hace grandes, en Él.
Mi amado Jesús, concédeme la fe y la humildad de la mujer del Evangelio de hoy. Gracias por Tu gran amor por mí y por levantarme cuando me caigo. Que, con alegría, me pueda reconocer pequeña, pero dichosa, porque Tú eres mi Pastor y Salvador. Amén.
// Ashleigh Ladner es hermana, amiga, madrina, tía, traductora y profesora, y sobre todo, hija amada de Dios. Originalmente de New Orleans, Louisiana, actualmente está viviendo en Madrid, España. Le encanta viajar y conocer lugares nuevos, leer, un buen expreso, y los girasoles. Sus modelos a seguir en la vida son santa María Magdalena, san Ignacio de Loyola, san Juan, y santa Teresa de Jesús.