LECTURAS DE HOY 

"Hay cosas que no entendemos, pues no alcanza la razón; mas si las vemos con fe, entrarán al corazón."  // Lauda Sion

Hoy estas lecturas me han dejado el corazón lleno de gratitud.

Mientras las leía, sentía que el Señor me invitaba a hacer algo muy sencillo: recordar.

Recordar el camino recorrido. Recordar cómo Él ha estado presente durante toda mi vida. Y, de una manera muy especial, recordar cómo me ha ido llevando poco a poco hacia Él en la Eucaristía.

Cuando era pequeña, una de las celebraciones que más me impresionaba era el Corpus Christi. Recuerdo las procesiones, las calles preparadas para recibir a Jesús y el asombro que sentía al verlo pasar. Entonces no entendía todo lo que significaba, pero Jesús ya estaba allí.

Y ahora, al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que siempre estuvo allí.

En las misas de cada domingo. En los sagrarios delante de los que pasaba. En las adoraciones. En los momentos de alegría. En los momentos difíciles. Esperando, amando y acompañando.

Las lecturas de hoy me han hecho pensar precisamente en eso: en cómo Dios le pide a su pueblo que recuerde el camino recorrido y cómo lo alimentó en el desierto con el maná. Y no podía dejar de pensar que, también en mi propia historia, el Señor me ha ido alimentando durante todo el camino. No con el maná, sino con algo infinitamente mayor: con Él mismo.

Porque eso es lo que celebramos hoy.

Que Jesús se quedó con nosotros.

Y mientras rezaba con estas lecturas, sentía también algo mucho más personal: Jesús se quedó conmigo.

Se quedó cuando era una niña y contemplaba maravillada las procesiones del Corpus Christi. Se quedó cuando fui creciendo. Se quedó cuando entendía más y cuando entendía menos. Se quedó cuando lo buscaba y cuando me distraía. Se quedó cuando me acercaba a Él y cuando era Él quien salía a buscarme.

Y qué impresionante es pensar que el Dios que creó el universo haya querido quedarse tan cerca. Tan accesible. Tan humilde. Tan silencioso.

Últimamente siento que el Señor me está regalando una mirada nueva sobre la Eucaristía. No porque esté descubriendo algo nuevo, sino porque me está permitiendo descubrir más profundamente algo que siempre ha estado delante de mí.

Y me viene mucho al corazón una expresión que se está utilizando con motivo de la visita del Papa León XIV a Madrid: alzar la mirada.

Qué importante es alzar la mirada.

Cuando escribo estas líneas, todavía no hemos vivido esta celebración, pero ya siento una enorme alegría al pensar que, precisamente en esta solemnidad del Corpus Christi, tendremos la gracia de recibir al Santo Padre en Madrid para celebrar la Eucaristía y acompañar la procesión del Corpus Christi por nuestras calles. Solo de pensarlo, se me llena el corazón de gratitud. Porque, al final, toda la belleza de la Iglesia, toda celebración y toda peregrinación encuentran su sentido cuando nos conducen a Jesús.

Alzar la mirada por encima de las prisas, de las preocupaciones y de todo aquello que ocupa nuestro corazón para volver a mirarlo a Él. Porque, al final, toda la vida cristiana consiste en eso: volver a poner los ojos en Jesús.

Y cuando Jesús Eucaristía está en medio, algo cambia.

Lo he visto en las adoraciones. Lo he visto en los retiros. Lo he visto compartiendo momentos de oración con mi marido. Y también lo he visto en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Miles de jóvenes. Miles de historias distintas. Miles de corazones distintos.

Y, sin embargo, basta que Jesús Eucaristía aparezca para que todo se detenga.

Llega el silencio.

Las miradas se levantan.

Los corazones se arrodillan.

Porque cuando Él está presente, todo adquiere una dimensión diferente.

Por eso, si tienen unos minutos, les recomiendo muchísimo leer despacio la secuencia Lauda Sion que aparece en las lecturas de hoy. Es larga, pero merece realmente la pena. Mientras la leía, sentía que la Iglesia lleva siglos intentando expresar con palabras el inmenso regalo que es la Eucaristía. Y, aun así, el misterio sigue siendo mucho más grande que nuestras palabras.

Hoy mi oración es simplemente de agradecimiento.

Gracias, Jesús Eucaristía, porque te quedaste.

Gracias porque te quedaste con nosotros.

Gracias porque te quedaste conmigo.

Gracias porque llevas toda la vida esperándome.

Y gracias porque cada día sigues enseñándome que el mayor milagro no es que yo te encuentre, sino descubrir que Tú siempre has estado allí.

// Arianna Santamaría es de Guayaquil, Ecuador, y vive en Madrid, España junto a su esposo. Aunque creció en una familia mariana y participó desde pequeña en misiones familiares, fue en la Universidad de Miami donde vivió un encuentro más profundo con Dios, gracias a una comunidad católica auténtica, al rosario y al ministerio de llevar la Eucaristía a personas mayores. Hoy, mientras se adapta a una nueva ciudad, a su trabajo en el sector tecnológico y a su vocación de esposa, busca maneras de compartir su fe también en el mundo digital. Le encanta caminar por el parque de El Retiro con su esposo, hacer pilates, viajar y disfrutar en familia. Sus modelos de santidad son los santos esposos José y María y Luis y Celia Martin.

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