Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. // Juan 15, 16
Con la ilusión de cosechar unos limones grandes y sabrosos en su momento, planté el limonero en el jardín con mucho cariño y con todo lo que necesitaba para crecer. A lo largo de unos años, lo he ido cuidando y nutriendo… solo para que, a día de hoy, no dé ningún fruto. Mi decepción es enorme, y más si considero todo el esfuerzo que he invertido en él.
Hermana, a veces somos nosotras ese pobre limonero. ¡Y cuánto más hace Dios por nosotras! Nos llama, nos planta en tierra fértil, nos da el mejor agua, el mejor abono, el mejor cuidado y nutrientes, podando con ternura cuando nos hace falta.
Tantas, tantas gracias y misericordia derramadas a través de los sacramentos, a través de la Iglesia y nuestras familias y comunidades. Todo para nutrir nuestras almas, dándonos nueva vida y alegría para dar fruto. Frutos de caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, mansedumbre, fidelidad, benignidad, modestia, dominio de sí y castidad.
En la primera lectura de hoy, del libro de Isaías, vemos el viñedo del amado, el pueblo de Israel. Al no encontrar el fruto deseado, el amado pregunta con tristeza: “¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias?” (Isaías 5, 4). ¿Te suenan estas palabras, hermana? Son las mismas del rito de los Improperios que leemos en la liturgia del Viernes Santo, al adorar la Santa Cruz donde fue crucificado Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien el Padre envía.
Y en el Evangelio de hoy, Jesús retoma esta misma imagen, pero va un poco más allá: el dueño del viñedo envía a sus servidores para recoger los frutos y, finalmente, envía a su propio Hijo. Pero los viñadores lo rechazan y lo matan.
Qué misterio tan grande: Dios nos ama tanto que nos entrega a Su propio Hijo para salvarnos, amándonos hasta el extremo para que podamos amar a nuestro prójimo. Él viene a nosotras para que tengamos la vida en abundancia, pero podemos rechazarlo, como aquellos viñadores.
Por eso, las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy son difíciles pero necesarias, porque nos ponen delante algo que tenemos que escuchar: nos invitan a la conversión.
Hermana, te invito a hacer un examen de conciencia a raíz de los doce frutos del Espíritu Santo. ¿Estás dando esos frutos en tu vida? ¿Cuáles sí y cuáles no? Si los estamos dando, demos gracias a Dios, de quien procede todo lo bueno de nosotras. Y si no, pidámosle la gracia de permanecer en Él y dar fruto abundante.
// Ashleigh Ladner es hermana, amiga, madrina, tía, traductora y profesora, y sobre todo, hija amada de Dios. Originalmente de New Orleans, Louisiana, actualmente está viviendo en Madrid, España. Le encanta viajar y conocer lugares nuevos, leer, un buen expreso, y los girasoles. Sus modelos a seguir en la vida son santa María Magdalena, san Ignacio de Loyola, san Juan, y santa Teresa de Jesús.